El camino a una mejor enseñanza, por Antón Costas

El buen funcionamiento del sistema educativo – sobre todo el público – es fundamental para el progreso social, moral y material de una comunidad, especialmente para aquellas personas cuyos progenitores no tienen recursos para hacerse cargo del coste de la educación de sus hijos. La educación, como ha señalado el filósofo y premio Nobel de Economía Amartya Sen, capacita a las personas para ser realmente libres. Es decir, para ser capaces de lograr aquello que tienen derecho a desear.
Pero también es básico para el buen funcionamiento de la democracia y de la economía de mercado. La movilidad social que promueve la educación es un pilar fundamental tanto para una sociedad basada en el mérito y el esfuerzo como para la innovación que necesita la economía de mercado.
Sin embargo, la gestión político-económica de la crisis ha provocado que muchos ámbitos del sistema educativo hayan sufrido un considerable deterioro, mayor en centros que están en zonas castigadas por el desempleo, la pobreza y la marginación. El resultado, en algunos casos, ha sido el deterioro de la calidad, el abandono escolar, el absentismo y la indisciplina. A lo que se ha unido el abandono de enseñantes buscando centros sin esos problemas.
Para empeorar las cosas, este deterioro ha provocado también la huida de las clases medias de la enseñanza pública. Algo que también ha ocurrido en otros servicios públicos, como la sanidad. Esta huida es muy importante, porque la voz de la clase media es esencial para denunciar el deterioro y presionar para su recuperación.
¿ Es posible escapar a esta situación ? ¿ Puede una escuela o un instituto que ha sufrido ese deterioro volver a la senda del éxito escolar y a la autoestima de los enseñantes ? Sí, se puede escapar al fatalismo del deterioro.
Permítanme que utilice una experiencia que me es cercana. Desde hace siete años la Fundació Cercle d’Economia convoca el premio Ensenyament con el objetivo de premiar iniciativas innovadoras en colegios e institutos de Catalunya. Cada año se presentan más de 50 proyectos con resultados medibles. Hoy, en un acto en CaixaForum de Barcelona, se darán a conocer los premiados de este año. Saldrán de cinco finalistas: la escuela Sadako y la escuela Voramar, ambas de Barcelona; el instituto Baix Camp, de Reus; el instituto El Castell, de Esparraguera, y el instituto Els Quatre Cantons, de Poblenou.
El conocimiento de estas experiencias reconcilia con la enseñanza y los enseñantes. Es especialmente esperanzador ver como muchos de los premiados en años anteriores y de los finalistas de este año son escuelas e institutos que previamente habían sufrido un fuerte deterioro. Y lo es también ver como dentro de un sistema educativo que muchas veces se supone anquilosado se dan experiencias de innovación pedagógica extraordinarias.
¿ Qué tienen en común los centros que han conseguido salir del deterioro y los que se muestran más dinámicos en la experimentación pedagógica ? Si pudiésemos dar una respuesta a esta cuestión, estaríamos en condiciones de promover la mejora educativa generalizada.
Sin ser un experto, creo que aparecen cuatro elementos comunes. Primero, la existencia de un equipo docente, con un director líder al frente, comprometido, ilusionado y responsable del proyecto de mejora. Segundo, la implicación no sólo de la comunidad educativa en su conjunto, sino del entorno social, político y empresarial. Una implicación especialmente necesaria en el caso de institutos de FP dual. Tercero, la disposición a evaluar los resultados. Dice un refrán ingles que lo que no se mide empeora y lo que se mide puede mejorar. Y cuarto, reconocer y dar a conocer ese esfuerzo de mejora, tanto por parte de la administración educativa como por la sociedad. Este reconocimiento y la autoestima que genera es un incentivo más potente que la propia retribución monetaria.
Promover la experimentación es algo esencial en momentos en los que las cosas están cambiando rápidamente, como ocurre hoy.
Hace unos días mencionaba Paul Krugman, premio Nobel de Economía, una frase del presidente Franklin D. Roosevelt que alentaba a la experimentación en medio de la gran crisis económica, social y política de los años treinta del siglo pasado, una etapa muy similar a la que estamos viviendo: “ El país exige una experimentación audaz e insistente. Es de sentido común adoptar un método y ponerlo a prueba; si fracasa, reconocerlo con sinceridad y probar otro. Pero, por encima de todo, probar algo”.
Esta actitud abierta a la experimentación es el camino para mejorar la enseñanza. No es cuestión de grandes reformas del sistema educativo. De hecho, desde la llegada de la democracia ha habido más reformas que gobiernos. Lo que necesitamos es libertad para experimentar desde los propios centros, sin que, como ocurre hasta ahora, para innovar haya que volar por debajo de los radares de la Administración para no ser identificados, como escuché a un director de centro.
Esta restricción no es un rasgo exclusivo del sistema educativo. Afecta al conjunto de los programas públicos y del ordenamiento económico en general. Un nuevo progresismo tiene que reivindicar esta mayor libertad de experimentar y emprender.