Nabokov y la vulgaridad

NABOKOV Y LA VULGARIDAD, DE MONIKA ZGUSTOVA. Publicado en La Maleta de Portbou, 10 de marzo 2015

«Las almas prefabricadas metidas en una bolsa de plástico».

Poshlost

Lo que Vladimir Nabokov más temía en la vida y en las artes fue la vulgaridad, sobre todo si se trataba de vulgaridad disfrazada de ingenio. Puesto que en las lenguas occidentales no encontraba una palabra adecuada para describir el objeto de su repulsión, recorrió a su lengua materna utilizando en sus textos en inglés el vocablo ruso poshlost. A través de la obra de Nabokov, pues, el término poshlost ha entrado en el vocabulario habitual de las clases intelectuales anglosajonas y ha llegado a formar parte del inglés culto.

La palabra rusa es semánticamente muy rica: se refiere a lo vulgar y lo trivial, lo ordinario y lo común, lo cotidiano, lo insulso y lo obsceno, lo falto de ingenio y lo repleto de mal gusto. En la literatura rusa ese concepto tiene tan larga tradición como vasto espectro de significados que se fueron aplicando a las situaciones más diversas: Turguénev usaba la palabra para referirse a la degeneración de la nobleza rusa, Gogol a la mediocridad autocomplacida, Dostoyevski al demonio y Solzhenitsyn a la americanización de la juventud rusa.

La hostilidad hacia el poshlost ocupa un lugar predominante en la obra de Nabokov y sólo es comparable con la repulsión que profesa Milan Kundera al kitsch; de hecho, ambos conceptos se solapan en más de un punto. Nabokov mismo explicó que, a su modo de ver, la palabra «no se refiere a lo despreciable en sí sino a lo falsamente importante, lo falsamente hermoso, lo falsamente inteligente y lo falsamente atractivo.» En la nabokoviana lista negra de los personajes dotados de poshlost de la literatura universal figuran el shakespeariano Polonius, de Hamlet; Homais, un personaje de Madame Bovary, de Flaubert, y Molly Bloom, una de las protagonistas femeninas del Ulises, de James Joyce. Y el escritor ruso-americano describe a una persona dotada de poshlost como a un adulto cuyos intereses son de índole material y vulgar y cuya mentalidad está formada por las ideas recibidas y los ideales convencionales de su grupo y su época. Un niño o un adolescente nunca pueden tener poshlost y si parecen tenerlo es porque los niños son unos pequeños loros que imitan las maneras de ser y de hacer de los adultos. Por eso Lolita, la protagonista de la novela homónima que al comienzo de la historia tiene doce años, no representa el poshlost.

 

La defensa

Nabokov compuso varias novelas como si se trataran de un interrogatorio sobre sí mismo. Esos libros se pueden leer como un examen sobre qué pasaría si el protagonista, un doble del propio autor, en algún punto de su vida hubiera dejado de ejercer el control racional sobre sus impulsos dando rienda suelta a su irracionalidad. Nabokov se pregunta en esas obras qué sucedería si algún extraño y enfermizo atributo de su personalidad, por lo general oculto y reprimido por la razón, hubiera saltado a la superficie, disparándose y tomando una proporción desmesurada (La defensa y Risa en la oscuridad), una forma ridícula a los ojos de la sociedad (Pnin) o un cariz monstruoso e incontrolable (Lolita).

Luzhin, el protagonista de La defensa, la primera gran novela que Nabokov escribió aún en ruso, es un alter ego del propio autor. Apasionado amateur del ajedrez, Luzhin se convierte en un célebre jugador (Nabokov mismo fue un excelente jugador de ajedrez).  Su niñez no es muy distinta de la de Nabokov: crece en una casa entre padres sensibles y parientes de la aristocracia del Petersburgo prerrevolucionario; como un niño distinto de los demás, encerrado en su propio mundo, sufre más de un ataque de sus compañeros. Como a Nabokov, la revolución lleva a Luzhin a exiliarse en Berlín donde se convierte en uno de los grandes maestros universales del ajedrez.

Entonces conoce a una muchacha con quien acaba casándose. Su mujer se alegra de que Luzhin sea un célebre maestro, pero no por él sino por las apariencias, reflexionando de la manera siguiente: «Qué bien suena eso a la hora de las presentaciones: Luzhin, mi marido, el número uno mundial del ajedrez». El autor nunca revela el nombre de la esposa, como si la joven no tuviera personalidad propia. Sin embargo, ni la esposa ni nadie del entorno de Luzhin están dispuestos a aceptar al jugador tal como es, con su desorbitada e irracional pasión por el ajedrez, capaz de sacrificarlo todo por ella.

Tras una crisis nerviosa, consecuencia del desgaste de la intensa dedicación al ajedrez, su mujer tiene en apariencia las mejores intenciones cuando intenta apartarle del juego. De modo que cualquier palabra que pudiese aludir al ajedrez –peón, torre, caballo o rey– queda prohibida en cualquier contexto dentro del registro verbal de la pareja. Educada por unos padres nuevos ricos, la mujer sólo es capaz de brindarle a Luzhin una comprensión limitada.

Se puede hacer una analogía entre La defensa y la narración de Chéjov «El monje negro». En ese cuento, un físico se entrega a su trabajo y a la vida con tanta pasión que deja de dormir y empieza a ver visiones; una vez casado, la esposa le brinda una cura que consiste en beber leche en vez de vino y hacer mucho reposo; a consecuencia de ello el físico se vuelve mediocre e irascible y la vida en pareja se transforma en puro poshlost. También Luzhin, tras la cura, está a punto de transformarse en un hombre del montón. Su mujer le rodea de bienes materiales para que deje de pensar en el ajedrez. Al descubrir en su marido la absoluta indiferencia por las comodidades, su mujer se dispone a leerle periódicos en voz alta y a invitar a personas que ella percibe como intelectuales.

La mujer le ofrece una cómoda cotidianidad con unas ocupaciones nimias: hace falta comprar un abrigo nuevo; el bizcocho no ha tenido el éxito que merecía; es necesario limpiar la tumba del padre; hay que pasar por el dentista. Lo cotidiano, con sus insignificantes preocupaciones, se llama en ruso byt. En el universo nabokoviano, el byt, con sus futilezas, alejado de cualquier reflexión abstracta, forma parte del poshlost. (Es interesante observar que durante toda su vida, Nabokov y su mujer, Véra, carecían de bienes materiales; con asombrosa agilidad se mudaban de un piso a otro y de un país a otro y durante las últimas dos décadas de su vida residieron en una suite de un hotel de lujo, el Montreux Palace, con el fin de evitar las machacadoras molestias del byt).

Mientras dura la convalecencia tras el ataque de nervios, Luzhin acepta de buen grado la vida entre algodones y se deja acunar por su mujer hasta un estado semidurmiente, deambulando por Berlín como un sonámbulo. Sin embargo, tras ese paréntesis, vuelve a entregarse a escondidas al tema prohibido: por las noches, echado en la cama al lado de su esposa, en vez de dormir se dedica mentalmente a solucionar los ejercicios más difíciles del ajedrez. Paulatinamente, Luzhin abandona la vida que comparte con su mujer para dejarse absorber otra vez por su pasión, que se convierte para él en la única razón de vivir.

No obstante, Luzhin descubre que las dos vidas que lleva son incompatibles; su mujer no aceptaría su retorno al ajedrez, sin el cual Luzhin –tal como ha podido comprobar– no puede vivir. Pero tampoco quiere seguir existiendo desprovisto de su mujer, sin cuya ternura la vida le aterra. Necesita vitalmente ambos componentes: el apasionado artista que es Luzhin no puede renunciar a su arte pero tampoco a su dulce cotidianidad, la cual no aprueba su arte, lo juzga dañino y lo prohíbe tajantemente. A Luzhin sólo le queda una salida: retirarse de la vida. Porque la vida sin su pasión por el ajedrez se reduce al poshlost.

 

Risa en la oscuridad

Otra de las novelas que Nabokov escribió en su período ruso durante su estancia en Berlín (de 1921 a 1936), Risa en la oscuridad, habla de Alemania como fuente de poshlost, según él mismo declaró. Durante sus quince años en la ciudad, Nabokov experimentó una sensación de incompatibilidad entre su propia vida interior y la tradición cultural alemana, demasiado grandilocuente para su aguda sensibilidad. Y, según confesó el escritor, lo que no soportaba era la autosuficiencia alemana y la convicción de los alemanes de ser excepcionales. Esa autosuficiencia y sentimiento de exclusividad alemanes crecieron en la imaginación de Nabokov hasta adquirir un tamaño desorbitado; el escritor los examinó en su narración «Nube, torre, lago», la preferida entre su producción cuentística. En ella dio a entender que de convicciones parecidas crecen los fascismos. (En la década de los 40, cuando ya vivía en los Estados Unidos, en una carta al crítico norteamericano Edmund Wilson confiesa: «Pensé en enseñarle el cuento a Klaus Mann pero tuve miedo de que le podría parecer no sólo antinazi, sino incluso antialemán.»).

En Risa en la oscuridad, Albinus, un conocido crítico de arte, casado y padre de una niña, sucumbe a la atracción por una acomodadora de cine. La joven Margot es –junto con Liza, la protagonista femenina de la novela Pnin– una de las encarnaciones del poshlost en la obra nabokoviana. La berlinesa Margot trabaja en el cine con el objetivo de poder acceder un día a los estudios cinematográficos de actriz; con el mismo fin acepta las atenciones de Albinus, que se ha encaprichado de ella; luego, paso a paso, conscientemente, destruye a su familia. El muy encegado Albinus llega efectivamente a financiar una película para que Margot consiga en ella el papel principal; sin embargo, tras actuar en esa película queda manifiesto que la chica no está dotada ni para ser actriz ni para desarrollar ninguna otra actividad artística.

Cuando en su viaje de bodas por la Costa Azul Albinus descubre que Margot le engaña con un amigo suyo, bajo el impacto del hallazgo tiene un accidente de coche en el que sobrevive pero pierde la vista. Entonces Margot y su amante lo llevan a un chalet suizo donde, en su eterna oscuridad de ciego, lo torturan haciéndole oír pasos extraños y risas inexplicables; mientras tanto, teniendo el derecho a ello como esposa legal, Margot va vaciando las cuentas bancarias de su marido. No obstante, el cuñado de Albinus se entera de la situación, interrumpe esa grosera diversión de Margot y su amante y lleva a su pariente a casa. Albinus, sin embargo, sólo sueña con la venganza y efectivamente un día sale a tientas a la calle, con un revólver en el bolsillo, para dirigirse a su antiguo piso donde espera saldar las cuentas con Margot. Pero al igual que en la vida no suceden milagros, en el universo nabokoviano tampoco hay finales felices: el ciego sucumbe en el tiroteo mientras Margot huye ilesa.

Esa novela, concebida con imágenes y ritmo cinematográficos –y, efectivamente, llevada al cine aunque sin gran resultado artístico–, retrata la falsedad y el poshlost que triunfa sobre lo auténtico. En la obra de Nabokov lo auténtico siempre resulta ser perdedor: está en desventaja porque es más débil.

 

Lolita

Ya hemos hecho notar que Lolita, la protagonista de la novela homónima, no representa el poshlost, no puede representarlo por ser una niña de doce años. Aunque lo cierto es que, a veces, Lolita está peligrosamente cerca de lo tópico y ordinario: por ejemplo en sus lecturas, que no alzan el vuelo más allá de los más patéticos cómics y de las historias simplonas de las revistas femeninas, o en sus muy inarticuladas cartas. Pero por lo general, Lolita es una adolescente ingeniosa y lista. Demuestra poseer talento para el teatro y se convierte en una buena tenista –aunque carece de la voluntad de ganar: ésa es una de las múltiples secuelas psíquicas del continuo maltrato que recibe por parte de su padrastro–. En Lolita, el poshlost es lo que rodea a la pareja, o sea al padrastro llamado Humbert Humbert y a su hijastra Lolita, cuando se alojan en algunos de los muchos hoteles durante sus inacabables viajes por los Estados Unidos, que los llevan de costa a costa y vuelta a empezar. El poshlost lo representan los vecinos y hasta la madre de Lolita, con quien, al principio de la novela, se casa Humbert para poder mantenerse cerca de la niña a la que quiere seducir.

Humbert, un europeo de las más diversas procedencias, es una de esas reencarnaciones ficticias del propio autor: hasta tiene los rasgos físicos del escritor (algo «simiescos», según él). Y si un verano, aún en Rusia, antes de emigrar a Occidente, el  Nabokov de 16 años se enamoró de Valentina, de 15, quien un año después lo dejó plantado, en Lolita se describe una historia análoga: el pequeño Humbert tiene 16, Annabel 15; tras haberse frustrado su relación sexual y tras la muerte súbita de la adolescente poco después, Humbert padece una obsesión cuyos rigores lo convierten en un hombre desalmado y cruel que sólo piensa en conseguir niñas. Cuando encuentra a Lolita, no duda ni un instante en sacrificarla a su pasión enfermiza.

Durante su primera noche juntos, Humbert se prepara para abusar de la niña a la que había intentado drogar –sin resultado, como se verá más tarde–. El paisaje de fondo es un hotel de cierto lujo donde se organizan congresos: en él, los hombres que después de cenar vuelven por los pasillos a su habitación, hablan muy alto entre ellos de los asuntos más triviales, algunos de ellos borrachos. Se oye el ruido de alguien vomitando en el pasillo y a otro orinando en el cuarto de baño contiguo y luego estirando de la cadena; Humbert oye nítidamente el agua que corre y que luego va llenando el depósito. Ese hotel lleno de poshlost echa una sombra sobre el inicio de esa historia que intuimos vil y repugnante. Y así será; al menos hasta el momento en el que Lolita huirá de Humbert.

Al final de la novela, tras años de búsqueda, Humbert encuentra a la Lolita fugitiva. La halla en una población minera en la costa este, casada, embarazada y pobre. A diferencia de la irracional Nastasia Filipovna, protagonista de El idiota de Dostoyevski, Lolita no hace el gran gesto de quemar en la hoguera el dinero que le ofrece su admirador, Humbert, como regalo de bodas; al contrario, espera construir con él un hogar digno para su futuro hijo. Pero su esperanza se verá truncada porque cuando llega la hora de dar a luz, Lolita morirá en el parto, consecuencia lógica de varios años de abusos; de hecho, todas la mujeres en la vida de Humbert mueren, directa o indirectamente, bajo la influencia de ese ser envenenado.

Tanto Dick, el joven marido de Lolita, como Bill, su amigo íntimo, son veteranos de la Segunda Guerra Mundial y están físicamente incapacitados; el marido perdió en el conflicto gran parte del oído, y el amigo, un brazo. A la luz de la salud que esos dos jóvenes tuvieron que sacrificar, Humbert, un europeo, resulta ser un vulgar impostor: mientras los primeros intentaban salvar Europa del nazismo, él, sano y salvo en América, se dedicaba a la perversión.

En este punto tal vez valdría la pena observar que también Lolita es un alter ego del autor, y lo es por su condición de víctima. Y es que al ser un exiliado que nunca más pudo regresar a su país de origen, que de joven perdió a su padre en un atentado político y, al llegar a los Estados Unidos con 41 años, se vio obligado a dar el traumático paso de cambiar de idioma de expresión literaria, Nabokov se sintió víctima de la historia y de su propio destino.

 

Pnin

¿Quién es Pnin? ¿Un payaso? ¿Un personaje ridículo al que no se cansan de imitar los profesores del microcosmos universitario americano? ¿O es un personaje patético, una especie de Pierrot a quien le han quitado la novia y se ha convertido en el hazmerreír de todo el mundo?

Ante todo, Pnin es el personaje más noble, más auténtico y entrañable de toda la obra nabokoviana. Y si algunos conceptos se pueden definir por medio de sus antónimos, entonces Pnin es lo contrario del poshlost.

En su condición de exiliado ruso en los Estados Unidos, pasado por un largo exilio anterior en Praga, Pnin se esfuerza, a pesar de todo, por mantenerse leal a sí mismo. En eso es un personaje quijotesco: hace lo que desde su punto de vista debe hacer, es firme y constante en sus ideales. Ese soñador ruso intenta luchar –a su manera, con un libro en la mano– contra los excesos pragmáticos de la sociedad americana, al igual que Don Quijote se batía contra los molinos de viento. Pnin sale victorioso de esa batalla: sigue siendo él, un hombre sensible e inteligente, ingenuo y bonachón.

Pnin es uno de los dobles de Nabokov. Lo es por su aspecto físico –la bronceada calvicie y atlética figura–, pero también por su manera de hablar bromeando y salpicando sus frases con juegos lingüísticos. Además, la vida del autor y la de su personaje se parecen en varios aspectos: además del ruso y el inglés ambos hablan alemán y francés; su ruso es aristocrático, prerrevolucionario –pronuncian la erre a la francesa–; y el inglés de ambos lleva una notable carga de acento ruso.

Y al igual que Nabokov, Pnin había conocido a una atractiva poeta, también una exiliada rusa, Liza, de quien desarrolló una poderosa y duradera dependencia sentimental. Liza es otra de las encarnaciones del poshlost: el lector no tarda en descubrir en ella un carácter calculador y vil que se oculta bajo una apariencia seductora. Pnin conoce bien a Liza; no obstante, su mirada de poeta y su manera de ser quijotesca transforman a su ex en un ser digno de ser amado y en el eje entorno el cual gira su vida emocional. Aquí se halla uno de los recurrentes temas de Nabokov: la capacidad de la imaginación para cubrir la vulgaridad con un espeso velo y transfigurar un ser abyecto en alguien merecedor de los más dignos sentimientos.

También en esta novela encontramos a más de un espejo y más de un doble. El autor, jugueteando con las palabras, le da al lector la clave: Pnin, para su placer privado, transforma el nombre del profesor Woinick (cuya raíz viene del ruso «guerrero») a Dvoinik (en ruso, «el doble»). ¡Sígueme con atención, lector –parece exigir Nabokov–, hay juegos de dobles en esta novela! En ese juego, el profesor Cockerell (cuyo nombre hace pensar en cockroach, cucaracha), quien, para entretener a su audiencia, imita el acento ruso y las inusuales maneras del extranjero Pnin, al final se convierte en su doble, un doble trivial y aburrido, además de patético en su esfuerzo de ridiculizar a un extranjero: el profesor Cockerell se convierte en poshlost.

A Nabokov le interesaban los dobles en la literatura –por ejemplo, en Dostoyevsky, aunque por lo demás no era un dostoyevskiano– y Pnin es un doble del mismo Nabokov, un personaje a través del cual el autor explora el tema del exiliado cuyo país de adopción se le muestra incomprensible y adverso.

La divertida mirada de Nabokov sigue a la sociedad americana que se ha puesto las gafas para diseccionar a ese animal extraño y por eso percibe los atributos del ruso algo hipertrofiados: a los americanos, Pnin les resulta ser no sólo un bicho incomprensible proveniente de la lejana Europa, alguien desplazado y hasta sospechoso, sino incluso un payaso y un loco. Pero Nabokov también observa a Pnin, que a su vez percibe la sociedad de adopción –la sociedad, no los individuos–, como materialista, pragmática y superficial:  como poshlost.

Pnin es un personaje quijotesco. Al igual que el caballero de La Mancha, desempeña sus tareas siempre a conciencia. Su exigencia consigo mismo, así como su bondad inalterable, son atributos que, observados por personas comunes y ordinarias, resultan ridículas, rayando con la estupidez y la locura; así veían también a Don Quijote. «Ya no hay locos», decía León Felipe. Sí los hay. Por suerte, hay Pnin. Y hay Nabokov.

Al analizar esas «almas prefabricadas metidas en una bolsa de plástico», como describió un día Nabokov a las personas con poshlost, el escritor puso el dedo en la llaga de un fenómeno importante. Lo localizó, lo describió y lo ofreció a la consideración de sus lectores en una época –la nuestra– en la que parece que el poshlost no recula sino que campa a sus anchas. Como seguramente lo habrá hecho siempre.

 

Monika Zgustova es escritora y traductora. Colaboradora de El País y La Vanguardia. Ha traducido unos 40 libros del ruso y el checo al español, de autores como Fiodor Dostoievski, Milan Kundera o Vaclav Havel. Ha obtenido el premio Ciutat de Barcelona y el de las Letras Catalanas. Es autora de una biografía novelada de Bohumil Hrabal, Los frutos amargos del jardín de las delicias, y de varias novelas, entre las que destaca La mujer silenciosa, finalista del premio Nacional de Narrativa.