SOCIEDAD, POLÍTICA Y ECONOMÍA EN TIEMPOS DE INCERTIDUMBRE

En pocos meses, el malestar social se ha trasladado a la vida política, sorprendiendo con acontecimientos como el Brexit, la nueva administración Trump, o la eclosión del nacionalismo en diversos países. A su vez, el auge del autoritarismo, en países relevantes y cercanos a la Unión Europea, como Rusia o Turquía, añade complejidad a un escenario político ya de por sí preocupante. Una realidad distinta de la que reinaba hace escasamente un año, cuando celebramos la última Reunión Círculo de Economía.

Este escenario político incierto convive, hasta ahora, con una consolidación del crecimiento de la economía norteamericana e internacional, y con el retorno al crecimiento de las economías de la zona euro. Pero este crecimiento europeo es aún frágil, pese a una política monetaria fuertemente expansiva del Banco Central Europeo, que empieza a cuestionarse. Ello constituye un motivo de preocupación para nuestro mundo empresarial que, además, debe hacer frente a la disrupción e  incertidumbre que genera la digitalización.

Por todo lo expuesto, esta próxima XXXIII Reunión se desarrollará bajo el título Sociedad, política y economía en tiempos de incertidumbre.

Más que una crisis económica

Las convulsiones políticas que estamos viviendo en nuestras sociedades no han emergido repentinamente. Sus raíces se encuentran en un malestar que ha ido arraigando durante unos años en que la crisis económica ha sacudido a buena parte de las, tradicionalmente, numerosas y confiadas clases medias occidentales. Éstas, al margen de cómo puedan interpretarse los datos de pérdida de bienestar y aumento de la desigualdad, se muestran desorientadas y consideran que se han deteriorado sus perspectivas de futuro.

Ante ello, no es de extrañar que una parte de esa ciudadanía cuestione la globalización y la integración europea, buscando refugio en sus marcos políticos nacionales que, consideran, pueden protegerles, también, de una revolución tecnológica que amenaza con acarrear la desaparición de numerosos puestos de trabajo. Ello conlleva, asimismo, un creciente desapego con las formas tradicionales de representación política, cuando no la literal desaparición de partidos de gobierno de las últimas décadas, y el fortalecimiento de fuerzas políticas de carácter populista.

Para conjurar el riesgo que representa el populismo para la democracia, la economía de mercado, y el proyecto europeo, son necesarias acciones y políticas de nuevo cuño, que deben responder a una visión estratégica y de conjunto.

La Europa posible y necesaria

En el ámbito europeo, la conjunción de ese deterioro de la política con una economía aún frágil, en el marco de una zona euro todavía en construcción y sin el amparo de un poder político genuinamente europeo, nos aboca a una coyuntura de extrema complejidad.

Sin embargo, sólo desde la Unión Europea puede hacerse frente a los retos del momento. Pero, ante una ciudadanía que, en buena medida, se distancia del proyecto europeo, no sirve un discurso vacuo de más Europa. Por ello, ante el riesgo de dar alas al populismo nacionalista, en los próximos años la Unión deberá avanzar de manera selectiva, priorizando aquellos ámbitos en que las cesiones de soberanía nacional se perciban como una contribución indiscutible a una Europa más justa y eficiente.

Así, aprovechando la recuperación de las economías nacionales, es necesario relanzar el proceso de integración de la zona euro, dotándola de una política fiscal y consolidando unos mecanismos comunes de control y supervisión bancaria que la aproximen a aquella unión monetaria que exige una moneda única.

De avanzar en esta línea, se agrandará la diferencia entre los países integrados en la zona euro y el resto de miembros de la Unión. Una doble velocidad que, en sí misma, no debería representar motivo de agravio para quienes no se ubican en el primer grupo, siempre y cuando éstos tengan la posibilidad de, en su momento, incorporarse a esos países con mayor grado de integración. Resulta, pues, fundamental que la mayor integración de la zona euro no conlleve un debilitamiento en las expectativas de quienes hoy se sitúan en posiciones más rezagadas.

Reforzar el sentimiento europeísta exigirá, también, recuperar la agenda social. La Unión Europea debe ser vista por los ciudadanos como un espacio que garantiza su bienestar, atendiendo especialmente a aquellos que se ven a sí mismos como perdedores en el  proceso de integración. La Unión debe transitar de ser considerada como el paradigma de una globalización sin reglas a visualizarse como un espacio capaz de amortiguar los excesos de dicha globalización.

En este sentido, la gran cuestión es cómo reformular el estado del bienestar, la aportación más propia y relevante del proyecto europeo. Ello, desde el compromiso en su mantenimiento pero, a su vez, desde el convencimiento de que los instrumentos no pueden ser los mismos de hace medio siglo. Un debate que, más allá de la retórica y el extremismo, debe ser abordado desde la moderación y el compromiso por conformar una estrategia que, de manera progresiva, nos permita avanzar en la dirección señalada.

Otro ámbito prioritario de actuación es la armonización fiscal entre países, especialmente aquellos que conforman la zona euro. Ello, tanto en aras de una mayor eficiencia económica como para evitar prácticas de elusión fiscal, estimuladas por los propios Estados de la Unión, que escandalizan a la ciudadanía y debilitan el mismo sentido del proyecto europeo.

Y si se aspira a influir en la escena global, sólo la Unión, actuando con una voz única, puede hacerse oír y defender los intereses de los países europeos. Ello exigirá renuncias a los Estados pero, también, nuevas actitudes como, por ejemplo, un mayor compromiso en ámbitos como el de la defensa, en el que la histórica cesión de responsabilidad a EEUU debe empezar a ser reconducida.

Finalmente, uno de los máximos desafíos en un futuro inmediato, será la gestión del Brexit, en que  la defensa de los intereses propios de los países de la Unión debe ser compatible con el respeto a la posición británica y la búsqueda de los escenarios de mayor estabilidad para ambas partes. Entender el Brexit como un ataque a la Unión y transformarlo, así, en un motivo de afianzamiento de la personalidad europea constituye un notable error. Por el contrario, la salida del Reino Unido conlleva un ajuste de enorme calado en todos los ámbitos de la Unión, que debería ser aprovechado para repensar y estimular el proyecto europeo.

España se halla en condiciones para recuperar protagonismo en Europa. No sólo aportando su propia voz sino también, y quizás más importante, contribuyendo a una posición propia de los países mediterráneos. Una  sensibilidad mediterránea  que enriquezca el debate y equilibre las  prioridades de la Unión resulta indispensable para el avance y consolidación del proyecto europeo.

España: consolidar la recuperación económica y reconducir el malestar social con una buena política

La recuperación de la economía española y su capacidad para competir en mercados globales, debe ser valorada muy positivamente. El reto ahora es consolidar un crecimiento sostenible que debe contemplar cuatro grandes objetivos: romper, apostando por la educación y la formación, con ese nivel de desempleo resistente a todas las coyunturas; reforzar la actividad exportadora; comprometerse en  el equilibrio de las finanzas públicas y en una mayor racionalización de la estructura impositiva y el gasto público; y apostar de manera estable por el I+D+i.  De hacerlo, consolidaremos, además, una demanda interna que contribuirá a esa mayor estabilidad de nuestra economía.

Un crecimiento más inclusivo tiene que apoyarse, también, en un mejor funcionamiento de nuestra vida pública. Es el momento de abordar reformas de nuestro sistema de democracia representativa como viene reclamando una ciudadanía que aspira a una mejor democracia. Sin ánimo de abarcar todas las actuaciones a considerar, debemos contemplar el sistema electoral; la función del Senado; la ley de partidos políticos y su financiación; la integración política de las nacionalidades; la distribución de competencias entre entes territoriales; la financiación autonómica o diversos ajustes en el funcionamiento del sistema de justicia.

La mejora de la política tiene en la corrupción una de sus principales asignaturas pendientes. Ésta ha vuelto a convertirse en fechas recientes en la gran protagonista de nuestra vida pública. La corrupción, además de deteriorar la democracia, impacta muy negativamente en la economía. Ésta es, seguramente, la mayor de las amenazas para nuestra vida en democracia y nuestra recuperación económica.  Por ello, más allá de la acción de la justicia, debe incorporarse a la agenda pública el indispensable debate acerca de las causas de la corrupción y de aquellas actuaciones que deberían implementarse para evitar episodios similares en un futuro.

Una buena política tiene que ser consciente de la trascendencia del conflicto político abierto en Catalunya y comprometerse en su solución. Éste ha sido el objeto de nuestra reciente Opinión Diálogo, reforma y respeto al marco legal. En la misma señalábamos criterios para hallar una salida negociada al conflicto apuntando, asimismo, una consideración que, a la vista de la evolución de los acontecimientos, adquiere mayor relevancia. Decíamos “es necesario señalar que, sin restarle trascendencia, éste no es el único, ni tan siquiera el más grave de los problemas que nos amenazan. El estable mundo occidental de ayer corre el riesgo de adentrarse en escenarios imprevisibles, y no precisamente mejores”.

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La forma con que hagamos frente a las convulsiones políticas  y la capacidad para conducir la revolución tecnológica determinará si las sociedades occidentales entran en una fase de conflictividad social y decadencia económica o, por el contrario, evolucionan hacia una sociedad más justa y abierta. Para avanzar hacia ese mundo mejor se requiere fomentar un crecimiento más inclusivo y consolidar el proyecto europeo. La XXXIII Reunión Círculo de Economia pretende contribuir a este debate.

Barcelona, mayo de 2017